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Esa invincible pasión por el vuelo


La pasión por el vuelo me fue transmitida por mi padre que comenzó a volar en 1975, cuando el vuelo libre era practicado por los quienes fueron sus pioneros. Desde los cuatro años comencé a interesarme por decolar de los aviones y así, día tras día, crecía mi deseo de volar. Finalmente, en 1988 realicé mi primer vuelo desde lo alto. En 1991 participé en la primera competencia.

Me siento motivado para participar en competencias siempre deseo aprender más. Es el deseo de medirme con otros para darme cuenta si puedo mejorar y donde, en vez, no su puede hacer algo más. Con este espíritu vez trato de enfrentar toda nueva competencia y es con este espíritu que puedo obtener mis mejores resultados. Ciertamente esta es una de las lecciones que este deporte me ha dado. Pero el vuelo me ha dado y continua regalándome también otras experiencias, tanto en competencias como fuera de ellas. Hoy, para mí, las competencias se han convertido en lo que más me estimula para volar. Estar en el aire con otros pilotos, teniendo todos el mismo objetivo, yendo en la misma dirección, casi pudiendo ver cómo se mueven las corrientes y compartiendo con otras personas experiencias difíciles de describir.

El contemplar los espectaculares escenarios que la naturaleza ofrece en muchas partes del mundo, permaneciendo suspendido a millares de metros con alas muy simples que se sienten como parte del propio cuerpo, esto permite descubrir profundidades del alma y la íntima conexión con la naturaleza nos une.

Cada vez que un vuelo me abre el horizonte hacia las más bellas manifestaciones de la naturaleza, mi pobre fe se fortalece y un sincero gracias me brota del corazón.

La más hermosa experiencia de vuelo que he tenido hasta hoy fue un domingo de mayo de 2001.

Ese día había ida a volar a Valsugan, el valle que desde Trento llega a Bassano, junto a mis amigos parapentistas. El día era muy bueno y, casi como todas las veces que vuelo fuera de compentencia, no planifica la meta a priori, sino que parto y dejo que el vuelo vaya por su cuenta. Me ha sucedido, a veces, partir con un objetivo más preciso para alcanzar, pero cambiar de ruta y “perderme” en algún pueblito para mí desconocido, o bien tratar de volver a casa.

Ese día, sin apuro, decolé aproximadamente a las 13 y, “después de un poco”, ya estaba sobre el monte Serva en Belluno. Decido entonces proseguir hasta el monte Cavallo para luego volver. Sobre la montaña sur del Belluno, no se pasa muy seguido y, además hay bellísimos cúmulos que parten de los 2000-2700 metros.

Entro en ascendencia sobre la pendiente norte del Nevegal a aproximadamente 1800 metros. Después de pocas vueltas, a cerca de 200 metros más abajo llega una ave rapaz de notables dimensiones que comienza a subir. La observo constantemente y, dado que ella sube con mayor velocidad, trato de seguir la mejor corriente ascendente. Pero no hay nada qué hacer, en poco tiempo está a la misma altura que yo. Es un águila joven, me doy cuenta de ello por las manchas blancas de sus alas y, si no tiene dos metros con sus alas abiertas le falta poco.

El hecho es que el águila permanece a mi misma altura; pasa hacia mi derecha, después a mi izquierda, se pone delante, después detrás, y luego arriba y también abajo. Me siento examinado por ella y comienzo a preguntarme qué intenciones tiene. Aún estoy subiendo, pero no es por mérito mío, porque emocionado por esta presencia no mira hacia dónde voy mientras asciendo.

Después de algunos minutos (no sabría decir cuántos), sucede algo increíble… El águila se pone a mi derecha y “tranquilamente”, se acerca cada vez más, permaneciendo bajo mi ala, muy cerca. No lo puedo crear, continúa acercándose. Es casi la mitad de mi semiala… ¡y está abajo a menos de dos metros!

Su majestuosidad, seguridad y belleza producen en mí una inimaginable maravilla. Tengo los ojos brillosos, un sudor frío recorre mis manos, mis cabellos se erizan bajo el casco.

No puedes acercarte más”, digo dentro de mí, como si ella pudiese entenderme… “en vez sí”, debe haber pensado, porque continúa acercándose.

Cuando ya está a menos de 4 metros, me doy cuenta que tengo los brazos completamente extendidos, como con la intención de elevarme en un posición erguida, para alejarme de ella. Veo que sus ojos se mueven , que me escrutan… Mueve solamente algunas plumas para controlar su vuelo.

¡No es posible, no es posible! Ella se está acercando aún más, estoy conteniendo la respiración.. ¡¡¡Dos metros!!!...

Como un rayo, la idea de tener que defenderme me atraviesa la mente… Al mismo tiempo ella comienza a hacer una media rotación sobre sí misma con la patas dirigidas hacia mí… ¡quedo prácticamente paralizado! Pero… no es un ataque… ¿verdad?

De hecho, con la misma rapidez con la que había girado sobre sí misma, se endereza, vuelve al vuelo normal y tranquilamente se aleja.

Vuelvo a respirar … Damos todavía algunas vueltas, y después de algunos instantes, entre las condensaciones de la base de los cúmulos se va. Planeo casi involuntariamente sobre el lago de Santa Cruz en dirección del monte Cavallo. Necesito algunos minutos para recuperarme de la emoción, mira alrededor tratando de verla, pero ya no está.

La emoción me acompaña durante todo el vuelo, y vuelvo a emocionarme como ahora, cuando la recuerdo.

Si para volar tuviese necesidad de una razón, esta sería mi razón: “... una vez que habréis conocido el vuelo caminareis sobre la tierra mirando el cielo, porque habéis estado allí deseareis volver…” Leonardo da Vinci.


Ciech Christian

Campeón del mundo de deltaplano, Trento – ITALIA

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