Donato Chiampi Domenico Salmaso
Breves recuerdos de dos compañeros de “encordada”

Lagazuoi, Alta Val Badia, “camino del techo”. «Has visto a aquellos dos? cada uno tiene un minúsculo retransmisor sobre la hombrera de  la mochila!”. Girando un poco las cabezas los dos se hablan. Son norteamericanos y por lo tanto hablan en ese idioma que durante  años estudiamos en la escuela y que luego, cuando debemos usarlo, no-sabemos-como-se-pronuncia. Nosotros dos, que somos “a la antigua”, hacemos así: él desde el descanso grita: “dame cuerdaaaa”, yo desde el otro descanso, 50 metros más abajo: “recupera cuerdaaaa”.

Que en realidad es lo mismo, pero en muchos casos no nos sentimos!. A la antigua. En un determinado momento me asomo desde  un gran macizo a la izquierda, en vez que a la derecha. Milagro de la propagación sonora: me siente perfectamente . “técnica, técnica, en vez de arruinar todo tipo de iniciativas”. Un lindo grito “Cuerdaaaa”, un lindo frío, un lindo calor, un lindo cansancio… otra que el ascensor para “ bajar dos pisos!!!”. Bien. Ir a la montaña significa también esto, recuperar algo de lo humano que muchas veces la modernidad nos ha quitado: el sufrimiento y la alegría.

Habíamos dormido en el vivac de Rainetto, en el macizo del Monte Blanco, dormido?! Como se duerme en un vivac. Nos levantamos cuando todavía estaba oscuro y, después de un suculento desayuno, con la mal disimulada excitación de toda partida, nos encontrábamos ya preparados.

Enseguida encendimos las lámparas frontales porque la oscuridad en ciertos lugares es realmente “oscuridad” y, calzados con los rampones, partimos. Llegados al lugar en el que habríamos debido bajar, para ascender a otro glaciar, comenzamos a buscar el mejor punto. Nuestros dos haces de luz iluminaban débilmente pocos metros de una mezcla de hielo, nieve y roca. “No continuamos”. “De acuerdo”. En estos lugares no se hacen largas conferencias. Alcanzamos la cima cercana de la montaña sobre la que estábamos y esperamos el alba ya próxima. En aquellas alturas el alba es “alba” majestuosa, imponente. Primero se iluminan las cimas más altas, y después hacia  abajo, hasta el fondo, los valles.

 En la magnificencia típica de la naturaleza, los colosos se suceden, se persiguen, se funden entre ellos, terminando en la obertura de una explosión de luz. En los pocos milímetros de mis pupilas entra un espectáculo que se extiende centenares de kilómetros y (pero cómo hace?) entra idéntico en las pupilas de mi compañero. Imprimiendo sobre la película fotográfica los cambios de escena que se desenvuelven velozmente, vemos a lo lejos el Cervino. El cielo está todo sereno., sólo sobre el Cervino hay una nube negra. Explota la tempestad con relámpagos y truenos, un pequeño fin del mundo en medio de un mar quieto. Terminado el maravilloso show regresamos abajo. Sí, el alba ha sido bella, pero no es esta la experiencia más verdadera de aquel día. Haber renunciado juntos, reconocido abiertamente que nos hemos detenido, cambiado el programa  que habíamos estudiado y soñado.

El camino es todo sobre la roca, dolomía, un encanto.Como siempre, trepamos alternándonos en la punta de la encordada. En la mitad de la pared, apenas habíamos partido de una pausa dentro de un nicho, una novedad “cae” como un plomo, inesperada: “Y si no puedo?”. Nunca había sucedido. Los dedos con los que me agarro, las piernas, todo el cuerpo me lo dice , pero la pregunta parte nítida de la mente. De acuerdo, me había entrenado poco, pero no es éste el pensamiento principal. Mientras tanto mi compañero está allí, a pocos metros, dándome seguridad con la cuerda, con los ojos, con breves palabras. Y espera. Aquellos breves instantes crean una infinidad de conexiones eléctricas en el cerebro, y también recuerdos infantiles, arquetipos que se materializan, adrenalina. Vuelvo a partir. Otra que escalada! Un contacto afectuoso con la roca, un abrazo confidente a la montaña, casi una danza vertical. En la pausa, cuando me alcanza, creo haberle dicho a mi compañero: “ Tuve miedo, después escalé espléndidamente”.Y él: “ Sí, lo ví”. Tal vez representé, con la ayuda de la naturaleza, lo que succede cuando la pared no es de roca. Resulta indispensable recordarse que no se está solo.

Y digámoslo: “Pero cuando hemos confiado totalmente en otra persona? De tal manera que hemos puesto la propia vida en sus manos?”. Hay una experiencia especial, que además prueban muchísimas personas, y es la de ligarse en cordada. Hasta que no se prueba es impensable entenderla a fondo. La cuerda, de unos 60 metros de largo, une a dos o más escaladores. Se liga a la vida a través de una cinta, una suerte de arnés, que  es, desde que nació el alpinismo, el medio para no precipitarse en el caso de una caída. Se utiliza en cualquier terreno: un glaciar, paredes de roca, para  trepar sobre cascadas de hielo, sobre una pequeña falla,  en la orilla del mar. Cuando subo mi compañero me asegura, lo aseguro yo cuando sube él., ”Me está siguiendo con la mirada?”. “Me da demasiada cuerda o poca?”. “Está cocentrado?”. “La maniobra que está haciendo con  su instrumentos para escalar es la apropiada?”. Ahora no lo veo, y después él no me verá a mí. Demasiados metros nos dividen antes de que nos reunamos nuevamente. Me lo pregunto siempre cuando trepo: “en la vida cotidiana logro identificarme completamente con el otro? Y el otro? Lo aseguro a tal punto que se fía de mí y se pone en mis manos?”. Naturalmente para situaciones importantes, no para bagatelas. Logro sentirme de tal manera ligado que me permita saberme completamente tomado por lo que el otro vive?” Esperarlo, sostenerlo, seguir sus pasos, advertirlo, aconsejarle, refocillarlo, complementarme con él. Cuántas cosas enseña una simple cuerda ligada a la vida.

Encuentros providenciales. Cuántas personas hemos encontrado sobre los glaciares, paredes, refugios o vivaques? Muchas personas, en algunos casos personajes… Estamos por alcanzar la cima Gnifetti sobre el Monte Rosa, cuando nos cruzamos con un hombre. Aún lo recordamos bien, con barba, campera marrón, la mochila, las muletas… una pierna sola. “Pero como llegó aquí arriba?”. Nos saludamos . Y nosotros nos redimensionamos, nuestra fatiga y conquista se inclinan frente al personaje con dos puntas de acero en las muletas para avanzar sobre un glaciar.

Al regresar encontramos una cordada, algunos jóvenes nos saludan en alemán. Por último nos saluda un hombre que no habíamos notado enseguida: parecía aún más pequeño porque estaba encorvado. Tenía grandes bigotes, cabellos cándidos como la nieve alrededor de nostros. Viste ropas de alta calidad y lleva  aparatos de alpinismo que podrían hacer morir de invidia a cualquier director de un Museo de Montaña. Una sonrisa serena, hermosa, dirigida a nosotros. “Querido abuelo, realmente nos has conquistado!”.

 A otros dos personajes también recordamos con agrado. Estamos escalando sobre una arista del Pollice, hacia Cinque Dita, Sassolungo. Delante de nosotros hay otras dos encordadas. Van veloces porque tienen un guía alpino que repite los movimientos –casi- con los ojos cerrados. Estamos ya muy alto cuando alcanzamos a otra encordada de dos personas, no tienen guía.. Eih.., son dos señoras! Generosamente les calculamos a cada una unos... sesenta años. Habitualmente –a este tipo de personas- se las encuentra en el foyer de un teatro (están bien maquilladas), pero en vez están allí, decididas, seguras, contentas  sobre la arista aerea que les regala un panorama fantástico. Las dos señoras no imaginan lo que nos han transmitido. Solamente el día anterior habíamos estado imaginando qué  recorrido hacia el fondo del valle habríamos podido hacer una vez que hubiésemos superado los sesenta años…

Atravesamos el glaciar y llegamos, emocionados, al pié de la Piramide de Tacul. Un placa de granito que parece una pirámide. Nos desenganchamos los rampones, posamos los picos, sacamos las botas para ponernos las zapatillas para la trepada. Estamos por iniciar la escalada con un hermoso sol de agosto, cuando el compañero me dice: “da vuelta los botas con la suela en alto”. Ese rito arcano se esconde en el dar vuelta los botas? Comenzamos la escalada. Hemos ya hecho al menos ocho largos de cuerda cuando comienza a nevar! Este fenómeno sucede  también en agosto en el macizo del monte Blanco. Comenzamos de esta manera a bajar  con las cuerdas dobles. Sin tropiezos alcanzamos la base de la pared. Saco las zapatillas y tomo mis botas, las giro y me los pongo: están secas!

Ahora me es claro que no se puede indicar o reconocer -en estos breves relatos- quien es él y quien soy yo. Es realmente lo mismo.

 Domenico Salmaso y Donato Chiampi

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