Alessio AlbertiniEl deporte a la sombra del campanario

Decía Arrigo Sacchi, ex Comisario Técnico de la Selección Nacional Italiana de Fútbol: “la Iglesia tuvo siempre un ojo atento hacia el deporte. Desde que destacados educadores (como los de Don Bosco) que percibieron el valor humanístico y pedagógico del deporte, la Iglesia no deja escapar la oportunidad de conectar el esfuerzo educativo hacia los jóvenes y niños con una sana recreación deportiva.

Por eso somos todos un poco deudores de los oratorios, extraordinarios centros de formación, de encuentro y de conocimiento recíprocos para miles de jóvenes”.

Son muchos los campeones del deporte que han dado sus primeros pasos en los oratorios. Felice Gimondi, una legenda del ciclismo italiano: “Crecí en ‘Sedrinese’, asociación del oratorio en la zona de Bérgamo que, sin pretender resultados inmediatos, me permitió desarrollarme y mejorar como hombre y como deportista.”

También Pierluigi Casiraghi, ex goleador del equipo Juventus, de Lazio y de la Selección Nacional, no se avergüenza en admitir: “Habitualmente regreso al oratorio de Missaglia acompañado por mi hijo. Allí, donde crecí, encuentro recuerdos muy lindos de mi infancia. Entonces, el fútbol era solo diversión”. Demetrio Albertini, dos días después de haber perdido por penales el Mundial Americano con Brasil, jugó una final muy especial, con los amigos de siempre, en el torneo del oratorio de Villa Raverio y dijo: “El espíritu del oratorio lo tengo, me quedó dentro aún cuando me puse la camiseta del equipo Nacional”. Él recordaba que la cancha del oratorio ha sido su primer San Siro: un campo, arcos verdaderos donde patear y hacer un gol. La cancha estaba delimitada con líneas y publicidades pintadas en las paredes, lo que la hacia más verdadera..

Hoy aumentaron las canchas de pequeñas sociedades que no tienen nada que ver con los oratorios, están más organizadas y ofrecen posibilidades a los atletas no conocidos. A veces regalan ilusiones con metas lejanas. Aún más, hoy hablar del equipo de un oratorio, es hablar de un equipo de categoría inferior.

¿Sólo en esto está la diferencia con los otros equipos? ¿Ser menos organizados y contar con menos posibilidades para ganar? ¿Al oratorio, le queda sólo recoger las migajas y dejar que otros se ocupen del deporte, del verdadero deporte, el hecho de victorias? En un mundo que se aleja cada vez más de la fe, ¿qué impulsa al oratorio a seguir ocupándose del deporte? ¿Tal vez no resignarse a ser pocos, y por lo tanto continuar con una actividad que aún es capaz de recoger un número considerable de niños y jóvenes? Son todas preguntas que acompañan la reflexión que se hace la Iglesia en estos tiempos, y las respuestas no son fáciles, ni si quiera unívocas. Por la pasión deportiva que siento y por la pequeña experiencia que viví, creo que no se puede descuidar la actividad deportiva en el oratorio, antes que nada porque es una actividad que gusta a los niños.

Y San Juan Bosco nos ha enseñado que un buen educador se apresura a apreciar estas cosas, las actividades que gustan a los jóvenes. La atención de la Iglesia (el oratorio se ocupa de la franja más joven de la parroquia) nace de esta pasión hacia los jóvenes. El valor pastoral (intrínseco al interés del oratorio por la actividad deportiva) está en la elección de la comunidad cristiana para estar presente junto a los jóvenes. El oratorio es un ambiente excelente para vivir en compañía de los jóvenes y compartir con ellos las primeras emociones deportivas.

La primera característica del deporte en el oratorio -tal vez tendría que ser de todo el mundo deportivo- es justamente ésta: el joven en el centro. No interesa el campeón, sino el joven que puede convertirse en campeón. En otras palabras: el deporte se presenta como un instrumento válido para el crecimiento de la personalidad de un joven que no necesariamente será un campeón. De un simple pasatiempo se trasforma en escuela de vida, es una constante oportunidad para hacer crecer y superarse a sí mismos, yendo más allá de sus propias inseguridades y depresiones, fomentando valores sociales y personales. La vida de los jóvenes ocupa el primer lugar en el oratorio, la persona está antes que el campeón. Un joven con inteligencia, corazón, sentimientos, emociones y relaciones. El riesgo del deporte de hoy es enfocarse demasiado en el atleta: las bondades de sus pies, la técnica de base satisfactoria, la prestación física, en síntesis: que se apasione sólo de los músculos y de los resultados. Pero un joven, por el contrario, lleva con sí un conjunto de anhelos que se pueden resumir en el deseo de una “ vida linda y feliz”. Esto es lo que el oratorio quiere desarrollar.

De manera que:

a) LA GRATITUD

El deporte, en la parroquia o en el oratorio, es realizado en su mayoría por voluntarios. Una actividad deportiva en la parroquia, encuentra su fuerza justamente en la generosidad de hombres y mujeres dispuestos a dar su propio tiempo gratuitamente. Esto es verdadero, no sólo por motivos de mayor o menor escasez de recursos económicos, sino por el valor que dicho servicio tiene en sí mismo. Especialmente hoy -donde cada entrenador y jugador son valorados por lo que rinden-, dicha gratitud asume una presencia muy especial, llevando consigo el valor del testimonio.

Quien decide dedicar el propio tiempo a los jóvenes debe tener una fuerte pasión por el deporte y por los mismos jóvenes, porque tal actividad no tiene una inmediata gratificación desde el punto de vista económico y, muchas veces, es necesario realizarla en condiciones desagradables, tales como: llevar adelante un grupo demasiado numeroso y no homogéneo; la falta de estructura y equipamiento; la escasa asistencia por parte del resto de la comunidad educativa…

Para un educador cristiano, la pasión no puede ser el único combustible necesario para superar las dificultades y las desilusiones que se encuentran en el transcurso de una temporada. Por ejemplo, cuando se comprueba que los propios atletas no progresan y no asimilan los valores propuestos, o también, cuando se debe convivir con evidentes límites técnicos o con dificultades en la relación de grupo que inciden en el juego y en los resultados.

Respecto a todas estas dificultades, quien se guía por el Evangelio, descubre que todavía es posible una verdadera espera y una verdadera esperanza. Vivimos en una sociedad que ha racionalizado los intercambios: rige la regla del “do ut des”, en base a la cual, lo que se puede esperar es sólo el equivalente de todo lo que, a su vez, damos, es decir nada por nada.

De igual manera también en el deporte, sobre todo juvenil, donde se empeña y se invierte en la medida en la cual se percibe una posible ganancia que, si no es monetaria es al menos de prestigio. Es la gratuidad que alimenta la pasión de un entrenador, y que caracteriza una intervención pastoral en relación a los jóvenes “a fondo perdido”, no motivada por otras razones que no sean la libertad de dar.

Se entrena sobre todo para ofrecerse a uno mismo y no sólo en función del primer equipo o del éxito. No es lo mismo preocuparse por un joven sólo porque se es remunerado, que preocuparse en el simple acto de donarse sin ningún otro interés. En este caso la actividad se enriquece con “algo más”, gracias al cuidado, al afecto y a la estima, de quien se compromete por el joven. Ofrecer el propio tiempo y la propia energía gratuitamente es testimoniar una elección y una predilección por la persona a la cual uno se ofrece, sin considerar los gastos. Menos aún sirve calcular cuantitativamente la relación que existe entre lo que se quiere dar y los resultados obtenidos. Estos cálculos pueden ir al encuentro de un fracaso.

Así, como en la parábola del sembrador (cfr. Evangelio de Marco 4,3-9), en la que la fatiga muchas veces parece inútil o que conduce al fracaso. La generosidad parece ser el rasgo más singular de este sembrador, cuyos gestos se acercan al descuido y al derroche. No elige terrenos, no ahorra semillas, no calcula la fatiga, pero esparce la semilla por doquier. Un comportamiento, que es exactamente lo opuesto al de la persona calculadora, cauta, avara, de quien está atenta a no dar un paso desperdiciado.

El campesino de la parábola comprendió inteligentemente que en el trabajo de la siembra se necesita una lógica distinta. La eficiencia calculadora que por cada semilla pretende un fruto y por cada fatiga una recompensa, no es la lógica del amor. Y la lógica del amor no consiente jugar al ahorro.

La generosidad sin cálculos es propia de cada educador que no elige a los jóvenes en base a la probabilidad de éxito, sino por la certeza que, de cualquier modo, la fatiga dará sus frutos, y por lo tanto no será derrochada, y deberá tener la avidez de comprometerse siempre y por todos como San Pablo, que se ha “hecho todo a todos para conquistar a alguno”.

  1. LA COHERENCIA

La deshonestidad, que parece ser pagada más inmediatamente, se trasforma en fuerte tentación, casi una forma de reacción instintiva a las derrotas de las que son víctimas los más débiles, quienes no logran tener un momento de gloria o un espacio de visibilidad.

Un entrenador, por lo que representa, incide mucho sobre un joven que, aunque no se da cuenta, forja en los jóvenes el juicio de lo que está bien y lo que está mal.

En el mundo deportivo existe a menudo, una contradicción entre las normas y los valores que retóricamente se proclaman, se enseñan a los jóvenes, y las conductas reales de los adeptos al deporte: los hechos desaprueban las palabras.

Un educador es llamado a ejercer responsabilidades concretas, precisas. Pero no es responsable de las acciones de los demás, debe responder sobre lo que de él depende. No puede aceptar la inmoralidad y rasgarse las vestiduras frente a escandalosos hechos de injusticia, de violencia, cuando después no encuentra el coraje de ser coherente aún a costa de pagar personalmente sus responsabilidades. La fidelidad del deporte tiene ciertos principios: (juego limpio, respeto a los adversarios, aceptar la derrota) no es cuestión de ideales y proclamas, sino de decisiones y elecciones operativas, aunque fuesen impopulares.

Lamentablemente existe una mentalidad cada vez más difundida, que sugiere que para alcanzar ciertas metas y ganancias se debe estar dispuesto a todo. No importa si el comportamiento asumido es deshonesto y deletéreo para la salud y la ética deportiva, lo que cuenta es ganar y ofrecer una imagen vencedora. De este modo trasmitimos el mensaje que un día de gloria vale el resto de la vida, la honestidad, la rectitud en el vivir el deporte. Un educador deportivo, para reencontrar la fuerza y la honestidad de la ética deportiva que se proclama, debería confiarse a la cruz de Jesús, no sólo como signo de un sufrimiento injusto, sino de una coherencia pagada a un precio caro.

Jesús sabía que los hombres lo querían condenar, en particular las autoridades religiosas. Y era conciente que la razón de la oposición era la verdad de Dios que El enseñaba. Si hubiera dicho una mentira no lo habrían condenado (cfr Jn 5,44; 8,40.45 ). La necesidad de la condena de Jesús está por lo tanto contenida en la libre elección de vida que Ėl hizo, justamente la de decir, cueste lo que cueste, la verdad de Dios.

Una elección de vida, es la que lleva consigo necesariamente el riesgo de la condena y la derrota. Entregarse (como destino) a este principio, para un educador, implica estar dispuestos a afrontar la derrota en una final, pero se convierte en victoria sobre la mentira presente en el mundo del deporte.

c) LA RELACION

El Evangelio de Juan (cfr Jn 4,5-42) narra que una mujer sale de su casa con una jarra para buscar agua, cuando regresa no tiene el agua ni tampoco la jarra: ha encontrado al fe.

Lo que sucedió es simplemente un dialogo: encontró un hombre que la ayudó para que ella misma pudiese comprender su vida, sus deseos, sus limites, sus pobrezas. De este diálogo salió con la riqueza de la fe.

El mundo en que vivimos es siempre despiadado. Las relaciones humanas están dominadas por el apuro en hacer las cosas, por el buscar lo útil, por la ley de la eficacia. La masificación en la cual estamos inmersos, cancela los rostros, determinando un pavoroso anonimato. En la multitud el individuo se mimetiza y se pierde, a tal punto que se vuelve insensible.

En el mundo del deporte (sobre todo en algunos niveles), las relaciones personales tienden a ser más formales y acéticas. El espíritu de competencia, la desconfianza respecto de posibles concursantes, la voluntad de no mostrarse ante la mirada de los demás. Esto prevalece frente al deseo de conocerse, comprenderse y quererse.

En el episodio de la Samaritana, Jesús dirige su atención a esta mujer, viéndola en su realidad, única e irrepetible, y con la disponibilidad de aceptarla por lo que es. Sin revestirla de una máscara ilusoria, que le impida ver los lineamentos. Podemos considerar entonces que el talento de un entrenador, dirigente, educador no se mide solamente por sus cualidades técnicas o por ser un adivino de talentos, sino también por la capacidad de relacionarse, de establecer relaciones de diálogo significativas con sus atletas. Debe ser una persona con un interés genuino por el atleta, deber estar disponible a escucharlo en vez de juzgarlo, comprendiéndolo, deber ser una persona verdadera, que no se esconda detrás de su rol, sino que sea capaz de construir con los jóvenes relaciones de verdadera reciprocidad.

Se enseña no sólo motivando y explicando, sino también construyendo una buena relación personal. El amor con el cual el entrenador cuida a sus jóvenes, sea campeón o esté en el banco, goleador o arquero;

es el esfuerzo que hace para estar cerca de él, el tiempo que gasta en él, lo que hará surgir su íntima belleza y que lo hace, ante sus mismos ojos y ante quien lo encuentra, único en el mundo.

Lo que el muchacho busca no es ser el mejor del mundo, sino ser apreciado. Las cosas, las plantas, los animales, existen y basta. Los muchachos, en vez, tienen necesidad que alguien les diga que es importante que ellos existan.

De esa manera, aunque no lleguen a ser campeones en el deporte, descubrirán que sus vidas merecen ser vividas.

 

Don Alessio Albertini
Consulta Diocesana per lo Sport – Milano – ITA

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